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Una de las manifestaciones musicales a través de la voz más
impresionantes y arraigadas de Europa es el canto flamenco. Esta clase
de canto, a pesar de ser singular y genuino, respira la misma filosofía
que el rembetiko de Grecia y los fados de Portugal (que veremos más
adelante): una sola persona expresa, a través del canto, emociones
y sentimientos hondos e íntimos de una forma intensa, dramática
y visceral.
El canto flamenco engloba todos los extremos del alma
humana: desde una emotividad patética y expresiva, fuertemente
dramática, agresiva y desgarrada, hasta una fulgurante alegría
repleta de vivacidad y nervio. Cabe destacar que el flamenco es un tipo
de folclore especializado que se encuentra sobre todo en el sur de la
península Ibérica, en Andalucía, y que es patrimonio
exclusivo de un reducido grupo de cantaores y guitarristas dotados de
excepcionales facultades musicales. Sin embargo, Andalucía posee
un enorme patrimonio de canciones y danzas folclóricas que han
perdurado simultáneamente con el flamenco y que no tenían
nada que ver: no hay que confundir estas dos manifestaciones musicales
de una misma región. Las raíces del flamenco son lejanas.
Los gitanos que llegaron a España en el siglo XV, procedentes del
este de Europa, se refugiaron en las montañas de Andalucía
huyendo de la persecución de los Reyes Católicos y de la
Iglesia. Este pueblo, que tenía una gran tradición musical,
propició una fusión de elementos árabes, judíos
y paganos que dieron lugar a una especie de canto y baile muy singular
y característico. El flamenco como tal apareció a mediados
del siglo XVIII, practicado por los gitanos andaluces en fiestas privadas
y por las calles. Hacia el siglo XIX dejó de ser patrimonio exclusivo
del pueblo gitano y se popularizó y extendió por todas las
capas sociales de la región.
La palabra "flamenco" proviene con toda
probabilidad de dos palabras de origen árabe: felag (fugitivo)
y mengu (campesino), apelativos que designaban a los primeros intérpretes
de este tipo de música. El flamenco se ha conservado a lo largo
de los siglos en las familias gitanas, casi como una necesidad de preservar
sus raíces y su identidad, y como una agresiva y críptica
forma de amor propio. Hoy en día se puede encontrar en toda la
península y ya no se reduce solamente a los círculos gitanos;
pero el flamenco más puro se encuentra todavía en el corazón
de Andalucía. El canto flamenco adquiere varias formas: soleares,
fandangos, malagueñas, serranas, alegrías, tarantas... En
las seguidillas, la letra habla de temas como la muerte y la voz a menudo
se torna gemido o grito de desesperación; en cambio, en las sevillanas
y los fandangos, la voz toma un cariz alegre y festivo. Con frecuencia
van acompañadas de un baile como en el caso de las seguidillas,
de carácter casi hipnótico, las saetas, cantadas sin acompañamiento
instrumental, o los martinetes, el repertorio más arcaico y arraigado.
Lo más habitual es la frase de 1" compases (¡como en
el blues!) y se añaden varias coplas en número variable
en función de la atmósfera y la inspiración del cantaor.
En esta Audición podemos escuchar un ejemplo
de bulerías, un tipo de canto que rebosa temperamento, fogoso y
salvaje, de frases cortas y abruptas, con un timbre vocal cerril y agresivo
y de una gran intensidad dramática.
El canto flamenco, también llamado cante
jondo, expresa todo tipo de emociones con arrebato y casi violencia.
La voz improvisa con frecuencia, siguiendo la guitarra y animada por
el jaleo, es decir, los gritos de los acompañantes que palmean
continuamente y animan con palabras al cantaor, en busca de una atmósfera
especial y mágica. El virtuosismo del cantaor no proviene de
la técnica vocal sino de la gesticulación, los gemidos,
los sonidos, el color y el timbre que siempre se aleja del estereotipo
de música vocal conocida en Occidente: la voz es ronca; la afinación,
incierta; el timbre, áspero y penetrante, a menudo gritado, casi
hablado o declamado.
Algunas cantaoras han gozado de gran fama, como
La niña de los peines, ardiente, dramática, austera y
fogosa; al parecer del poeta García Lorca, reunía todas
las virtudes del alma andaluza. Cantaba con lágrimas en los ojos
y hacía temblar el suelo con sus bulerías frenéticas
y endiabladas. Otro cantaor de extraordinarias facultades fue Camarón
de la Isla, el más popular del flamenco moderno: su voz corrosiva
y quebrada cantaba siempre al límite, con violencia conmovedora.
Merece la pena escucharlo.
La interpretación del cante flamenco permite
grandes improvisaciones siguiendo unas normas mínimas e invita
y estimula la creatividad del intérprete, que debe crear una
atmósfera especial y una comunicación absoluta con el
público: ésta es la marca del gran flamenco, y se llama
"duende", una capacidad más allá de estilos
y generaciones, una calidad etérea, profunda, misteriosa, conmovedora,
que clava a los oyentes en su silla. El "duende" crea un momento
indefinible, casi místico; García Lorca decía que
este "duende" sólo se podía encontrar en lo
más íntimo y profundo del alma. Es un pequeño instante
que trasciende el tiempo. Algunos cantaores lo tienen, lo llevan dentro,
y otros no; es una calidad que no se aprende ni se enseña, no
tiene nada que ver con la técnica, el ensayo ni el entrenamiento.
Se manifiesta en formas muy diversas y en el momento más inesperado:
un grito arrastrado y centelleante que sale de lo más hondo del
alma en un breve instante de comunicación pura y auténtica.
El artista se transforma en lo que está diciendo, está
por encima de las palabras y adquiere un enorme poder cautivador.
Para entender y percibir en su justa mesura la
dimensión emocional del cante flamenco, hay que escucharlo en
la situación adecuada. Ni la sala de conciertos, ni el tablao
para turistas, ni mucho menos los estudios de grabación pueden
recrear jamás la atmósfera incandescente de las peñas
andaluzas que dan con el punto justo, íntimo, exuberante y espontáneo
que necesita esta música tan excepcional.
En el otro extremo del Mediterráneo hallamos
otra manifestación musical dentro de la cultura tradicional y folclórica
de Grecia que tiene ciertos puntos de conexión con el flamenco:
el rembetiko.
La música griega nació a finales del
siglo XIX, al terminar la dominación del imperio otomano y con
el ascenso de la nueva cultura urbana. La canción rembetika surgió
a principios del siglo XX en las capas sociales más desarraigadas
y pobres, de emigrantes y parados, en barrios periféricos y deprimidos.
Era la música de los pobres y marginados y combinaba estilos musicales
del este del Mediterráneo con letras que hablaban de las penas
y glorias de su destino. Lo que tiene de especial el rembetiko es la combinación
de las formas de la música tradicional mediterránea con
las palabras y las letras de las canciones que salen del submundo urbano
y de los elementos con menos reputación de la sociedad. Curiosamente,
la palabra proviene de la palabra turca "rembet", que significa
"del riachuelo". La canción rembetika tiene sus orígenes
en la tradición oral, en la que la improvisación era parte
importante tanto de la letra como de la música. Las canciones siempre
empiezan con un preludio instrumental llamado taximi, en que los buenos
músicos exhiben su arte y su habilidad. Este taximi hace que la
gente sepa en qué modo seguirá la canción, anuncia
el carácter de la pieza y puede durar desde uno hasta treinta minutos,
en función de la inspiración del músico. Una vez
empezada la canción, a menudo con letras improvisadas por el cantante,
a veces sobre una melodía popular y conocida, se suele mencionar
a gente presente entre la audiencia o hablar de hechos recientes de interés
local. Algunas canciones se atribuyen a autores concretos pero en general
el aspecto improvisado de las piezas las convierte en obras efímeras,
e incluso irrecuperables.
El rembetiko ha pasado por épocas muy diversas;
desde estar perseguido e infravalorado por considerarse música
de marginados y desarraigados de la sociedad griega, hasta convertirse
en la música más "chic" y de moda entre las clases
acomodadas de Atenas o ser el vehículo de protesta social y política.
Fue prohibida y era clandestina en el periodo de la junta militar (1967-1974)
y actualmente es una música que tiene una audiencia muy amplia
y heterogénea, y que interpretan grupos profesionales de gran calidad,
en los que predominan los músicos jóvenes.
En los años sesenta, la ciudad
de Atenas vio nacer un nuevo estilo de hacer música de raíz
popular pero moderna, llamada neo kima (nueva ola), concentrada en el
barrio de Plaka de la capital griega, consistente en una especie de movimiento
folclórico de izquierdas y politizado (muy relacionado con la Nouvelle
vague surgida en París durante los mismos años, o la Nova
Cançó de Cataluña). Su representante más importante
y conocido fue Mikis Theodorakis, compositor de melodías famosas
e inolvidables como la de la película Zorba el griego.
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